A partir de su accidente a los 35 años, Iván solo buscaba la inclusión. Había aceptado todo lo que trajo consigo, el perder la movilidad de la mitad de su cuerpo de la cintura para abajo, el tener que resignarse a usar silla de ruedas y a lidiar con días donde se sentía sin ganas de seguir adelante. Su poder adquisitivo le permitió tener a su alcance, los mejores especialistas, los medicamentos carísimos que debía administrarse y por supuesto, la rehabilitación de avanzada acorde a sus necesidades. Pero, solo rondaba en su cabeza la palabra inclusión, quería poder disfrutar de cada espacio, rampas por todos lados, espacios y objetos adaptados a cada necesidad.
Al ser un científico de renombre se asoció con un grupo de amigos para realizar viajes a países que contaban con lo último en tecnología, junto con su equipo soñaban con, no solo traer lo mejor para su recuperación e independencia, sino también para llenar de avances tecnológicos su país, Argentina. Porque sí, la ambición de su equipo y la de él, era vivir en un lugar donde todo se resolviera sin mover un solo dedo, es decir, que todo sea manejado por máquinas inteligentes, por robots, vivir en casas donde con solo pensar se realizaran hasta los más sencillos quehaceres del hogar.
Así a medida que fueron pasando los años, la tecnología avanzaba velozmente gracias a todo lo que ellos consiguieron traer, pero esto ocasionó que las personas fueran desempleadas. Ya no se necesitaba su mano de obra y los robots comenzaron a rondar por cada lugar, ocupando espacios específicos y eliminando a los humanos. Estos fueron enfermando, las personas fueron muriendo de tristeza, depresión, abandono, ya no encontraban sentido a sus vidas debido a que los robots comenzaron a reinar su país.
Iván, cegado por su ambición, llegó más allá a través de la tecnología, comenzó a tomar contacto con seres de otros planetas, estos venían cada amanecer y se llevaban toda la información de aquellos robots, succionaban todas sus imágenes, sus conocimientos y a cambio le dejaban a Iván y a su equipo, materiales novedosos para que los ocupara en cada nueva máquina a crear.
Así pasó el tiempo, ninguno de ellos se dio cuenta de que estos seres y las máquinas inteligentes iban absorbiendo, también sus sentimientos, sus pensamientos, hasta que ya ni siquiera tenían fuerzas para mover un dedo, porque todo el comando lo tenían sus casas, sus máquinas, los robots. Así fueron muriendo cada uno de los integrantes de ese equipo, como también las demás personas, en ese mundo donde lograron la inclusión sí, pero de vida robótica y extraterrestre en su país. El último en morir fue Iván.
Iván cerraba sus ojos lentamente, frente a la imagen del robot que lo había asistido en sus momentos finales, mientras éste lo trasladaba como un inútil despojo, para arrojarlo al frío y oscuro contenedor de chatarras.



