Por: Ezequiel Varone
Si tuviera que darle indicaciones a un compositor para ponerle música a esta historia, le pediría que abundaran los sonidos agudos de violín; tal vez un leitmotiv de acordeón pianísimo y unos nostálgicos acordes de piano.
Todo empieza en una casita humilde, con techos de chapa y algunos agujeros en la pared de ladrillos dispuestos con urgencias y falta de solidez técnica. Era un espacio reducido en el que vivía una familia de cinco y el abuelo que a veces también se quedaba. El suelo era un collage de cerámicas, mosaicos y maderas, enlazadas como en un ajedrez postmodernista; pero era el único que tenían, y los alejaba del barro en los días de lluvia. El baño estaba separado por una cortina de tela, aunque el paso del tiempo le había dado cierta transparencia, que todos veían, pero nadie decía, para no hacer sentir mal a la madre.
Totito, como le decían en la casa, siempre había sido un chico aplicado y ese nuevo proyecto de escritura que presentaron en la escuela le trajo tantas ilusiones que funcionaron como una estocada inicial que lo llevaría a donde está hoy, jugando en las grandes ligas, codeándose con los más talentosos escritores de habla hispana. Su estilo era tan particular, que bastaba con leer un párrafo para noticiarse de que él era su autor. Empezó escribiendo relatos cortos, con temáticas de la naturaleza, del respeto por otras culturas y la diversidad. Todos sus textos dejaban algo para pensar al finalizarlo y fue razón suficiente para que una pequeña editorial se interesara en él. Pudo publicar algunas antologías antes de volverse el prestigioso novelista en el que se había convertido. Con el éxito en ventas de su primera novela «Entre polisones y verdugos», pudo sacar a su familia de la precariedad y, a través de un crédito otorgado, compró una casa en San Miguel, en el conurbano profundo, pero no muy lejos del centro. A él lo empezaron a convocar para viajes y conferencias, su historia había penetrado tanto en la academia, como en el público masivo; incluso le hicieron entrevistas para medios gráficos y audiovisuales. Le dedicaron un segmento entero en el programa central de uno de los canales de aire más vistos, lo que lo catapultó a la cima en muy poco tiempo. Eso a él le generaba escozor, sentía que muchos compraban sus libros y los aclamaban más por ser políticamente correctos, que por una genuina afición por sus letras. Entendía que su historia cuajaba perfecto como contraargumento de los meritócratas, quienes tenían un ejemplo para dar cuando les reclamaban igualdad de condiciones antes de juzgar por merecimientos.
Leandro Monte, su verdadero nombre, tenía su gigantografía en las librerías más importantes de los centros urbanos de Argentina. Estaba ahora afectado por una gira para firmar libros en la ciudad de Mendoza y en la soledad del hotel, mientras fumaba un cigarro cubano, pensaba en su situación. En los deseos de aquella infancia inocente en la que soñaba en convertirse en el nuevo Cortázar o Abelardo Castillo, autores que había conocido gracias a la biblioteca popular del barrio. Todo el mundo destacaba el éxito que había conseguido y le pedían fotos, firmas, o algunas palabras alentadoras. Cuidaba las formas y agradecía sonriente, pero en realidad estaba muy triste. No sentía que fuera la vida que había soñado y sí, los lujos eran todavía más refulgentes para él con su pasado, pero ¿de qué le servían? Si nunca se podría responder si era por su talento o por la historia que lo antecedía. Estaba allí, sentado en un sillón que valía más dinero que la totalidad de la casa en donde vivían en aquellos viejos y ya lejanos tiempos de la infancia; refugiado en la comodidad de sus almohadones, rodeado de esos perfumes refinados y vistas privilegiadas. Para romper con el encanto, salió al balcón. Vio pequeñas figuras siguiendo un patrón en apariencia lógico, movientes en líneas rectas y la previsibilidad de la ciudad. También observó fachadas antiguas, árboles decorados y luces resplandecientes que inundaban la avenida principal. Ese pensamiento de que estaba allí, dentro del hotel, viendo a gente de su clase social juntando cartones aún a esas horas, con el frío que calaba los huesos y la trémula oscuridad moviéndose a través de las ramas y los serenos palos de luz, fue el broche que le terminó de dar forma a la culpa que lo seguía obstinada como la propia sombra. Por esa noche había sido suficiente, terminaría esa copa del cabernet de la casa y se iría a dormir; de su corazón sólo quedaban migajas.
¿Qué le devolvía el espejo ahora, en esa mañana fría de junio? Un tipo amargado, desganado como la tela de un títere que se mueve ante los caprichos de la mano, de la mano del amo. Sonrió para encontrar algo de él en ese espejo, pero ni siquiera eso logró cambiarle la expresión. Desayunó café con leche y aunque no tenía demasiada hambre se comió las tres medialunas que le habían servido, estaba acostumbrado a dejar limpio el plato en cada comida: «comer todo lo que se pueda cuando se puede», era el lema familiar. Se le cargaron los ojos de lágrimas, pero se esforzó para que se quedaran allí; suspendidas en sus ojos, como si los lagrimales tuvieran una extraña función de engullir. Una de las tantas imágenes que habían circulado por su mente mientras dormía, nunca había soñado historias como cuentan las demás personas, sino sólo figuras, sonidos y olores; lo habían llevado a pensar en la idea de escribir la historia de un niño pobre que soñaba con ser escritor y que por varias tangentes que se irían materializando lograría un éxito rotundo que lo depositaría en un fino hotel de la avenida principal, en donde servían café con leche y tres medialunas de desayuno. En realidad, las imágenes le propusieron un cambio, la idea terminó de cerrarse en ese momento, reposado contra la pared, viendo a esa gente perfecta que comía de forma ordenada, solemne y sonreía. Una elegante mujer de boca roja y pechos abultados, se acercó a llamarlo: «Es hora de irnos, señor Monte».
Entraba sutil el último sol de la tarde cuando volvió a su habitación del hotel. Le dolía la cara de mantener esa sonrisa clavada por tanto tiempo; se odió por eso, pero ¿qué culpa tenía esa gente que con tanto afecto se acercaba a saludarlo y a conversar unos minutos con él? Odiaba su vida, sentía que no estaba preparado para tanto. Se recostó en la cama, con los párpados pesados y un leve cosquilleo en las piernas por las horas que había pasado de pie, erguido, impostando. De un salto se sentó en la cama, no era tiempo de dormir; tenía que empezar con el nuevo proyecto cuanto antes. Tomó el celular y escribió un mensaje a la señora de manos pálidas y cintura entallada: «¿Existe la posibilidad de que me hiciera llegar una computadora? Quiero empezar los bocetos de un nuevo proyecto. Gracias». El atardecer tiñó de naranja las laderas de esas montañas lejanas que podía ver desde allí, volvió a emocionarse —como a la mañana— y el chiste que siempre hacía su padre: «Si el cielo se pone naranja es porque en cualquier momento nos viene a visitar el abuelo», aunque no recordaba si eso sucedía así o luego se olvidaban de los augurios y continuaban con su vida; en realidad siempre los iba a «visitar» el abuelo, eufemismo puro de problemas conyugales con la abuela, que nunca había sido una mujer de carácter fácil.
No habían pasado más de diez minutos, cuando la mujer de pelos rizados y ojos verdosos, le llevó la notebook que le había requerido.
—Muchas gracias, siempre tan atenta.
—Gracias a usted, señor Montero, es realmente un placer para nosotros tenerlo aquí.
—¡Faltaba más! Volvería en cuanto se me requiera, me siento muy cómodo en este lugar.
—Cualquier problema que tenga me avisa a ese número, yo voy a estar pendiente de lo que le haga falta.
Se despidieron con mucha cordialidad, era algo que sobraba en esas giras; él tardó en cerrar la puerta, gustoso de observar su figura al irse.
Esa habitación estaba diseñada para ser vivida de noche, pensó. La cadena de veladores dispuestos con meticulosa y refinada vista de autor, la pintura de un verde azulado que combinaba gustosa con el dorado de los detalles, como la brisa y el calor del verano. El escritorio de una madera oscura y forma abroquelada eran perfectos para iniciar con su viaje, así era como gustaba llamar a sus textos. El título era lo último que sabría, pero tenía muy en claro por dónde empezar; desde allí, de la habitación del hotel en medio de una gira para presentar su última novela. Mintió cuando habló de bocetos, siempre empezó la historia escribiendo: «Yo tiro a los personajes a un mundo, que ellos decidan los acontecimientos», afirmó en una entrevista semanas atrás. El calor de la caldera lo meció extasiado y los dedos parecían bailar sobre el teclado mientras digitaban.
Cuando el azabache del cielo, mutó a un verde petróleo, decidió que era hora de dejar su trabajo y dormir algunas horas. Si bien no tenía responsabilidades hasta la tarde, era conveniente para él estar bien dispuesto a media mañana, por si surgía alguna entrevista improvisada o, si el clima así lo permitiese, salir a dar un paseo por esa provincia que conocía apenas desde la ventana del auto que lo depositaba desde el hotel a una librería, a una sala de conferencias o a un teatro; todo lo pre pautado por contrato.
Esa mañana se levantó pensando en su abuelo, lo bien que le vendría una de esas visitas inesperadas, que lo conectara con lo que era en realidad, con su mundo, sus costumbres, ¡Su lenguaje! Bajó para desayunar y se encontró con otras tres medialunas dispuestas con una simetría tal que lo llenó de fastidio y obligó a desordenarlas en el plato y el café tenía un dulzor propio que ni siquiera hizo falta agregarle azúcar: «Aquí todo es perfecto», pensó. Necesitaba un confidente, estaba comenzando a desvariar. La señorita de cejas arqueadas y voz tenue, se acercó con una sonrisa amigable.
—Buen día, señorita, ¿Descansó bien?
—Sí, muchas gracias ¡Qué atento! Me acercaba para cerciorarme de que no necesitara nada. Yo voy a hacer unas diligencias y después de las dos estaré por aquí para preparar lo que haga falta antes de la presentación.
—¡Quédese tranquila! No necesito nada. Pensaba en salir a caminar un rato por la avenida.
—Hace muy bien, está fresco, pero se respira un aire reparador. ¿Le sirvió la computadora? Olvidé llevarle el cargador, pero bien temprano se lo dejé al conserje para que se lo acercara.
—Todavía no me lo dio, pero aún no me hizo falta. Le agradezco su amabilidad.
El reflejo del espejo fue su aliado para mirarla mientras se iba, ¡Qué hermosa era! Se odiaba por esas pequeñas charlas que tenían, tan impersonales, con marcados formalismos superficiales. Cuajaba muy bien en ese contexto, en donde todo parecía estar planificado, donde todo estaba celosamente en su lugar. Pensó en su paseo, pero también en la novela; por un lado, le vendría bien respirar ese aire de montaña y, por el otro, necesitaba hacer catarsis y qué mejor que escribir sobre su vida para depositar esas frustraciones. Decidió no elegir y hacer las cosas en ese orden: saldría a caminar para despejar las ideas y, al volver, se sentaría a trabajar. El frío era reparador, tenía esa ropa tan cómoda y refinada que le habían acercado desde la editorial; habían dicho no tener problema con «su estilo», pero necesitaban darle un marco más formal para las giras. Él accedió como a todo: al corte de pelo, al perfume de marca, a los zapatos lustrados y el cinturón haciendo juego. Nunca le había interesado el tema del aspecto, pero se le venía a la mente, en esas dudas que le brotaban, si no había entregado parte de su personalidad al acceder.
No fue un paseo del todo largo, pero vio varias vidrieras hasta que decidió que era suficiente. Ahora se encontraba en el sillón, con la computadora conectada para no perder el hilo mientras escribía —el conserje le había acercado el cable cuando lo vio regresar— y se había sacado los zapatos para sentirse más cómodo. Se le ocurrió que el relato constaría de dos planos bien marcados. El primero duraría apenas días, en donde describiría su vida presente; mientras que la verdadera historia iría en segundo plano, retomando las duras vivencias de su infancia, de la familia (dedicaría un capítulo a cada uno de ellos, incluidos los abuelos), del barrio y la precariedad. Sería una ficción política, buscaría poner en manifiesto al sistema y sus exclusiones; a las personas que son sólo números para la gente que tiene un lugar «adentro». Pudo avanzar pocas páginas, cuando la señorita de semblante distinguido y basta inteligencia golpeó la puerta, era hora de partir, de seguir la pantomima.
Otra noche como la anterior lo encontró a esas altas horas, en donde los sonidos se habían convertido en murmullos y el whisky de etiqueta azul que le habían regalado, logró generarle cierto mareo y creciente calidez. Fantaseó en llamar a la señorita de hombros angulosos y costumbres refinadas, pero llegó a vislumbrar lo cómico de la idea y se arrepintió, no eran horas para molestarla, menos en el estado en que se encontraba. Entre las palabras que había podido escribir esa noche con mayor tranquilidad se empezó a esbozar la idea que tenía de la novela, estaba conforme con el trabajo realizado. No tenía sueño, pero se obligó a acostarse; el olor a pan horneado proveniente de la confitería lindera al hotel, le dejó entrever lo tarde que se le había hecho. Ni bien apoyó la cabeza en la almohada se durmió.
Golpes en la puerta lo despertaron de un salto. Miró el reloj, era mediodía. Abrió la puerta y estaba ella, con una expresión jocosa, como si se hubiera anoticiado de los planes que él había imaginado la noche anterior. Sintió sonrojarse y se disculpó por la hora. Ella le restó importancia a su trasnochada y le confirió que sólo se había acercado para preguntarle si necesitaba algo. Agradeció con caballerosidad, pero esta vez intentó darle algo de conversación para humanizar un poco esa cordialidad que lo había hastiado.
—Estuve trabajando en un nuevo texto, poco a poco le estoy pudiendo dar forma —dijo intentando esconder el tono de súplica de que en realidad le estaba hablando para que se quedara un rato más allí, que mantuviera la misma sonrisa, que le prestara, al menos, unos minutos de su atención.
—¡Qué buena noticia! —exclamó ella —. En cuanto tenga algo concreto quiero ser la primera en leerlo.
—¿Tiene planes para el almuerzo? —soltó desde su inconsciente, arrepintiéndose mientras lo preguntaba.
—Lo cierto es que no, ¿Le gustaría conocer algún restaurante?
—Sería un placer, deme media hora para despabilarme y asearme; la encontraré en el vestíbulo.
—¡Perfecto!
—Una cosa más —interrumpió él —. ¿Te parece bien si nos tuteamos?
Ella asintió y él, por primera vez, no la miró al irse. Se encerró con una velocidad maratónica en el cuarto y, apoyado contra la puerta, cerró los ojos y suspiró el aire que inflaría decenas de globos. Una parte de él le había dado un regalo, se sentía extasiado. Corrió como un niño al baño, tenía que verse como nunca antes, tenía que generar impacto en ella si quería que se interesara en él.
El desenlace de la historia es fascinante. Cómo consigue congeniar con ella, con todo lo que significaba él como escritor, luego como socio y ahora como confidente. Dieron por iniciado un nuevo capítulo en sus vidas, que los encontró en momentos distintos, pero abiertos a ser parte el uno del otro. La novela se convertiría en un éxito, una autobiografía que llevaba a la reflexión, a la pregunta sobre la existencia toda y el mundo que quedará para las futuras generaciones.
El niño, sentado en un balde de pintura invertido y apoyado sobre unos ladrillos apilados, pudo ponerle fin a su pequeña historia que escribió para el proyecto de clases. Se imaginó triunfando, en un mundo de las altas clases; se vio enamorado de una hermosa mujer, con hijos que tenían su propia habitación en la casa, en donde la comida no faltaba, los pisos eran homogéneos, las paredes lisas y los lujos eran parte del entorno. Por desgracia para él, su ortografía y problemas gramáticos no le permitirían pasar la primera instancia del concurso.
El sol se apagaba como una vela al ras del candelero, el anaranjado del cielo vaticinaba la pronta visita de su abuelo; sonrió con ganas, quería mostrarle lo que recién había terminado de escribir.



