C.P.C. Presenta: Instrucciones para hacer una cápsula del tiempo

Por: G. S. Curbelo

Elegir una Cápsula y su Contenido

-Date vuelta- ordenó Marcela mientras se ponía los pantalones.

-Nos vimos en pelotas los últimos noventa minutos- respondió Diego.

La música del tocadiscos ocupaba la silenciosa competencia de miradas que se dió en ese instante.

-Vos sabes que no es lo mismo.

El joven suspiró y se giró sobre sí mismo, dejando su espalda destapada, y los ojos clavados en los sutiles haces de luz que se colaban por la persiana baja.

-¿Hoy íbamos a ver tocar al Ruso no?- consultó ella mientras se acomodaba la remera.

-Si, vamos al antro que tanto te gusta.

La joven resopló y se dió vuelta para mirar a su novio, quien asentía sin levantar la cabeza de la almohada -Uno de estos días tienen que tocar en algún lugar que no sea una tapera.

Diego se dió vuelta y la enfrentó -“El Pozo Ciego” es el mejor hoyo que hay, no sé de qué hablas.

Marcela se sentó en la cama, le puso una mano sobre el pelo y le sonrió -Diego, corazón, literalmente se llama “El Pozo Ciego”, no tenes argumentos.

-Bueno, pero es el único que todavía no encontraron.

-Porque no son tan boludos como nosotros para meterse a un saladero abandonado-. Procedió a darle un beso en la frente y se puso de pie -Bueno dale, ahora levántate, boludo, que son las dos de la tarde.

Él se tapó con las sábanas hasta la frente -Pero es sábado.

Su novia se calzó las zapatillas, abrió la puerta del cuarto y puso un pie en el pequeño pasillo que daba a las escaleras -Te espero abajo- la música escondió el sonido de sus pasos mientras descendía.

El muchacho se destapó e inspiró hondo, miró un momento el techo mientras se estiraba y procedió a levantarse.

Se acercó a la ventana, levantó la persiana y ojeó el patio antes de recordar que seguía desnudo. Rápidamente se puso los pantalones, miró su reloj confirmando que eran las dos y cinco de la tarde, y frenó el tocadiscos.

Diego acarició el vinilo en silencio antes de meterlo en su caja, se puso una remera y bajó las escaleras con el disco en la mano.

Cuando entró a la cocina vió a Marcela preparando el café para el desayuno, y se sentó en la mesa. Agarró una de las medialunas con dulce de leche y le pegó un mordisco agresivo manchándose la cara.

Su padre entró a la habitación y le acarició la cabellera de camino a la puerta que daba al patio trasero. Diego notó que llevaba la pala en la mano y le consultó -¿Qué toca enterrar hoy?

-Rusos.

Ella frunció el rostro sin entender lo que sucedía pero continuó sirviendo el café.

-Que bien,- afirmó apoyando el vinilo sobre la mesa -yo tengo uno más.

El hombre dejó la herramienta a un lado de la mesa, levantó el disco y leyó en voz alta -Transmisión Sputnik… bueno, que lastima que no llegué a escucharlos.

-No te hubiera gustado igual.

-Te creo- señaló mientras enseñaba la portada que mostraba a la banda entera con el torso desnudo y la lengua afuera, revelando que en ella el vocalista llevaba pintadas la hoz y el martillo.

Devolvió el disco a su lugar y comenzó a avanzar en dirección al living -Tratá de no ensuciar todo cuando termines-. Avanzó un par de pasos fuera de la cocina, paró y se quedó estático un instante, se dió media vuelta y regresó a la cocina. Procedió a abrazar a su hijo por la espalda y le besó la cabeza, dejándolo ir un par de segundos después cuando sintió que Diego bajaba los brazos. Saludó a la joven con un gesto de mano y salió de la habitación.

Ella lo siguió con la mirada hasta la puerta frontal, lo vió cerrar la puerta detrás de sí y escuchó atentamente el ruido de las llaves sacudiéndose del lado de afuera, seguido de los pasos del hombre alejándose del porche y finalmente, silencio.

Diego se secó la transpiración de la frente con el brazo y apoyó la pala contra el borde del pozo. Procedió a sacarse la remera, se la arrojó a su novia, y continuó cavando.

Ella levantó la prenda del piso, la colocó sobre el apoyabrazos de su silla, y continuó leyendo uno de los libros que había sacado del cajón que su suegro les encomendó más temprano -¿No te da miedo pegarle a una cañería?

-No, es más probable que encuentre a alguno de los desaparecidos creo.

-Ay, no jodas con eso- respondió la joven mientras bajaba el libro para mirarlo.

-Yo más que nadie tengo derecho a joder con eso-. El muchacho soltó la pala un momento y se hizo un silencio profundo que duró un par de segundos antes de retomar la palabra -Además, no es el primer cajón que entierro, hay un par más por el patio. Desde el año pasado se dedican a rescatar libros en la facultad con sus compañeros. Los escondíamos en el sótano pero Papá se puso paranoico hace un par de meses cuando se metieron a la casa de uno de los vecinos a hacer un chequeo sorpresa y nos contó que le dieron vuelta hasta las fundas de las almohadas.

Luego de dos paladas más, Diego tanteó la tierra y salió del pozo, le hizo una seña a su novia y entró a la cocina un momento.

Marcela se puso de pie, cerró el libro y lo devolvió a su lugar, agarró el vinilo y le encontró un lugar seguro entre la amplia colección, para finalmente bajar la tapa del cajón y asegurar la traba.

El joven volvió con dos bolsas de consorcio grandes, con las cuales envolvieron juntos el cofre y lo metieron al agujero. La muchacha se apartó un poco y le dió espacio para que él pudiera enterrar el tesoro con comodidad.

-Bueno, adiós Chejov, Tolstoi, Dostoyevsky…

-Hablas como si no se hubieran muerto ya como hace más de ochenta años todos.

-Porque hasta que no los saques es como si los matáramos otra vez.

Diego dió una palada más y terminó de llenar el pozo, se acercó a la mesa y tomó del vaso de agua que le había dejado Marcela para él.

-¿A qué hora nos pasan a buscar los chicos?

-A las siete.

-Excelente,- afirmó ella y procedió a arrojarle la remera a la cara -te sobra tiempo para bañarte, estás hecho un asco.

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-Agarrá por Roca, llegamos al toque- le indicó Diego a Esteban desde el asiento trasero.

-Boludo, nos llegan a parar y cagamos, tengo literalmente veinte gramos encima.

-Además hay que buscar a Luciano todavía. Si agarramos Roca hay que dar toda la vuelta- agregó Graciela desde el asiento del acompañante.

-Cierto, cierto.

Marcela soltó una bocanada de humo por la ventana y después arrojó la colilla del cigarrillo a la calle -¿Hoy toca solo el Ruso y los pibes o alguien más?

-Nadie más, pero no sé de donde sacaron unos amplificadores potentes así que seguro ponen música y bajan con nosotros cuando terminen de tocar.

El auto cruzó con un par de patrulleros que iban a toda velocidad en dirección contraria, los jóvenes los siguieron con la mirada hasta que los vieron doblar camino a la avenida principal. Esteban bajó un poco el volumen de la radio, que les permitió saber que se estaba llevando a cabo un robo a una concesionaria de Ford a un par de cuadras, y redujo la velocidad cuando dobló a la calle de tierra que daba a la casa de Luciano.

Hicieron dos cuadras y no hizo falta tocar bocina, porque el muchacho los esperaba ya al frente de su casa.

-Dale, maestro, ya son y veinte- le indicó acercándose al lado del conductor.

-No me apures, que después no pagas la nafta, idolo.

El conductor destrabó las puertas y Diego se movió hacia la derecha, dejándole el espacio de la ventana libre a Luciano.

El auto se sacudió un poco al arrancar debido a las irregularidades de la calle.

-Bueno, ¿Por dónde enganchamos? La última vez me cagó a pedos Marcela por ir por Rivadavia.

-Y sí, boludo, si por ahí siempre hay un par que están con el móvil esperando.

-Andá por la de atrás.

-¿Por Márquez? Pero se me ensucia todo el auto.

-Yo te lo limpio, dale, no seas berrinchudo- le respondió Diego, después de mirar el reloj, que ya daba las siete y media.

Esteban suspiró y giró en Márquez. El auto levantaba una polvareda enorme detrás de sí, y era golpeado por nubes de tierra cada vez que cruzaba camino con otro conductor.

La calle estaba mal iluminada y repleta de grava suelta, pero no había baches, y el tránsito era casi nulo.

En menos de diez minutos ya estaban al borde de la ciudad. Se extendían varios campos de cultivo extensos hacia el oeste detrás del saladero abandonado.

-Estacioná más cerca hoy, no tengo ganas de caminar tres cuadras hasta allá- le indicó Graciela.

-Ya está todo el auto sucio, así que no veo por qué no.

Rodearon el alambrado que daba a Márquez, e ingresaron al terreno por una calle angosta que se metía a un pequeño bosque al costado de la torre del edificio.

Buscó espacio entre los autos que ya estaban quietos y finalmente estacionó entre dos árboles, haciendo una maniobra en reversa para poder dejarlo enfrentado a la calle.

Los jóvenes se bajaron, le quitaron las matrículas al automóvil, y las guardaron en el baúl.

-Todavía no entiendo por qué hacen eso.

-Porque hay cada boludo que viene a estas jodas.

-Además si tenemos que volar nadie sabe de quién es el auto.

Cerrado el vehículo, comenzaron a caminar los pocos metros que les quedaban hacia la entrada trasera.

A pesar de llevar casi cien años sin uso, el edificio aún destilaba un aroma grasiento y salado sutil. Los duros ladrillos grises, cubiertos de enredaderas por fuera, comidos por el moho por dentro, acompañaban al agujereado techo de madera, del cual todavía colgaban un par de candelabros de hierro oxidados bamboleándose ligeramente con el viento que se colaba por arriba.

Mientras iban camino al sótano, los jóvenes miraron por una de las ventanas que no estaba tableada, la cual dejaba ver un extenso campo verde llano, donde el pasto crecía sin obstáculos sobre una tierra que alguna vez estuvo regada con sal y sangre.

-¿Habrán enterrado alguno acá?- consultó Luciano.

-No creo,- respondió Diego -sino andarían cuidando más este lugar.

Se comenzó a escuchar el bullicio de la gente cuando llegaron hasta la puerta que daba a la escalera frontal del sótano. Un muchacho les abrió cuando llegaron y los invitó a pasar. Las escaleras de cemento claro estaban en perfecto estado, con algunas comisuras y roturas parchadas con relleno nuevo y limpias del musgo y plantas, a diferencia de las paredes. El brillo leve de las luces de navidad que habían usado para decorar el lugar hacía que todo se viera tenue y ligeramente rojizo.

Al ingresar el aroma a tabaco, marihuana, y alcohol les llenó los pulmones.

Las doscientas personas que allí se encontraban tenían poco espacio para circular, pero se desplazaban cómodamente a empujones o escurriéndose entre los huecos de ser necesario.

Esteban sacó su bolsita donde llevaba las flores y extendió la mano, llevando a Diego a entregarle sus papelillos. Luciano y Marcela se quedaron charlando con un conocido que les regaló un par de cervezas a cambio de que más tarde le convidaran uno de los cigarrillos que estaban armando.

La banda ingresó por la escalera trasera, trayendo con ellos los instrumentos, las herramientas, los amplificadores, y todo el cablerio que ello involucra.

Ellos se fundieron con la ruidosa muchedumbre los siguientes minutos mientras esperaban que terminara el armado y comenzara la música.

-¿Cuánto más?- consultó Graciela.

Estaban aspiró con fuerza de su cigarrillo con los ojos semiabiertos antes de responder -Ya están todos los instrumentos, los tienen que calibrar nomás.

En ese momento el vocalista de la banda subió al pequeño escenario y tomó el micrófono, le dió un par de golpes suaves y el sonido rebotó un par de veces contra las paredes luego de salir de los amplificadores, bebió un sorbo de su cerveza y saludó al público -Buenas noches gente, bienvenidos al Pozo Ciego, en breve les traemos la Transmisión de hoy.

Todos los presentes comenzaron a celebrar las noticias, ya fuera aplaudiendo, chiflando,  simplemente gritando. El baterista se colocó en su lugar y acompañó a la muchedumbre con una seguidilla de rápidos y duros golpes a su instrumento. Algunas personas comenzaron a sacudir los brazos en el aire y vitorear el nombre de la banda.

-Seguro que se nos cae el edificio encima hoy- comentó Marcela.

Un muchacho de la multitud, sin darse vuelta a verla siquiera, le respondió de un grito -Y que se caiga entonces.

Enterrar la Cápsula

Los jóvenes saltaban al compás de la música, chocando sus cuerpos empapados unos contra otros en un balanceo frenético. La banda parecía sumida en un trance profundo mientras tocaban, exceptuando el vocalista que cada tanto hacía cantar a la multitud levantando el micrófono sobre ellos, o hacía subir a alguno de los fanáticos por unos instantes para exhibirlo.

Cuando terminaron su canción el público comenzó a vitorear pidiendo otra.

-¿Una más? Bueno, pero es la última…- se escucharon un par de chiflidos y gritos de emoción -la última nomás… La Última Carta, muchachos.

La gente festejó y se armó un pequeño círculo donde se llevaría a cabo el pogo. El bajista comenzó a tocar, dando pie al vocalista, quien se dedicó a narrar la historia del último día de Rodolfo Walsh.

La canción, plagada de insultos hacia el régimen, energizaba a los espectadores, que se arrojaban furiosamente a sus compañeros mientras bailaban. Diego, Luciano, y Esteban se sumaron a la batalla momentáneamente, hasta que un choque tumbó al conductor al suelo y debieron replegarse con sus amigas.

Los siguientes dos minutos saltaron, chiflaron, fumaron y bebieron, esperando el momento en que la canción finalizara. Sus cuerpos les vibraban a la misma frecuencia que la música que despedían los amplificadores.

El guitarrista se aceleró tocando, haciéndoles saber que seguía el estribillo final. El vocalista se acercó al borde del escenario y sacudió los brazos, incitandolos a cantar en voz alta para él, comenzó a cantar:

-Esta última carta, te la voy a encomendar…- extendió el micrófono al público que continuó con la siguiente estrofa.

-Metesela en el orto

-A la Junta Militar

-Metesela en el orto

-A Videla y Villarreal- la banda continuó tocando después de la línea final.

El público comenzó a exclamar -Ruso, Ruso, Ruso.

El vocalista se limpió la cara con la mano, miró a la multitud y levantó el micrófono para hablar -Soy Gabriel Alexeyev, somos Transmisión Sputnik, mil gracias, Fin de la Transmisión- afirmó antes de soltar el aparato y dejar atrás el escenario, arrojándose sobre el público, que lo sostuvo en lo alto unos momentos antes de bajarlo en medio de la pista. El baterista continuó tocando un par de segundos a un ritmo infartante, para finalizar abruptamente con un fuerte golpe a los platillos.

La gente gritó de manera desenfrenada y nació de ellos un espontáneo mar de aplausos y chiflidos, que se desvaneció lentamente antes de que comenzara a reproducirse el tocadiscos conectado a los amplificadores.

La fiesta se sostuvo un par de horas más.

El muchacho de la puerta bajó rápidamente las escaleras y gritó -Llegaron los rati- provocando un caos general. Muchos de los jóvenes se apresuraron a salir usando la escalera trasera, recurriendo a los empujones, apretandose como sardinas.

Algunos valientes se atrevieron a escalar las paredes e intentaron escapar del agujero usando los pequeños tragaluces que daban al extenso campo deshabitado.

Se profirieron órdenes, se escuchó un sin fin de insultos a madres ajenas, e inclusive se dieron gritos desgarradores. Se abandonó cualquier cantidad de botellas de alcohol, de hieleras, y diferentes formas de intoxicarse.

Una avalancha a la inversa se producía sobre la única salida que no daba con los oficiales.

En medio del terror se comenzaron a escuchar los pasos de los borcegos bajando a encontrarlos por la escalera frontal, y el vocalista se subió nuevamente al escenario, agarró el micrófono, y se despidió -Fueron un público excelente, la próxima, nos vemos bajo tierra.

Diego, que se había dado vuelta para ver al Ruso como muchos otros, sintió un tirón al cuello de su camisa que lo arrastraba hacia arriba. Sostuvo la mirada un breve instante más al ver como el vocalista era reducido por los policías y luego comenzó a empujar nuevamente hacia la salida.

Los muchachos corrieron en grupo en dirección al auto, todos tomados de la mano por miedo a que les arrebataran a alguien en el combate desigual que se reñía entre los adolescentes y los uniformados.

Por breves momentos, cuando la luz de alguna linterna no los cegaba, podían distinguir las siluetas de alguien siendo reducido a cachiporrazos, a alguien siendo esposado, o simplemente tacleado a media carrera.

Una nube de polvo cubría todo el escenario, e impedía ver claramente quien profería los gritos que los rodeaban durante el trayecto.

Esteban destrabó las puertas e hizo subir a todos antes de meterse él mismo al auto. Encendió el vehículo y salió a toda velocidad, sin preocuparse ante la posibilidad de pisar a un peatón, y sin molestarse en mirar hacia atrás por los espejos.

Delante suyo algunos autos le abrían y mostraban el camino, y por detrás otros imitaban su intento de fuga. 

Transitaron Márquez casi un kilómetro, antes de hacer un giro brusco en una de las múltiples calles sin asfaltar, por la cual siguieron un par de cuadras antes de finalmente detenerse y apagar el auto por completo, ocultándose entre los de los vecinos.

Esperar

Marcela se giró mientras dormía, dándole la espalda y dejando su brazo libre. 

Diego miraba el ventilador de techo girar sobre la cama, pero solo podía ver los ojos del Ruso que lo perseguían mientras pronunciaba sus últimas palabras. Inclinó ligeramente la cabeza y divisó el tocadiscos apagado, le pasó la mano por encima y pensó -Todavía falta mucho para desenterrar los vinilos.

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