C.P.C. Presenta: Noche buena en Recoleta

Por: Giulia Fontana

Recoleta, Nochebuena en otoño

    Era un día como cualquiera, como todos desde que se acordaba. Abrir los ojos, estirarse, y ¡arriba! Sin beso, sin buen día, sin desayuno.   Acurrucado en algún rincón del Convento de los Padres Recoletos Franciscanos o en algún refugio de la Iglesia del Pilar, que antes había albergado a las familias del sur que escapaban de la fiebre amarilla

 La calle, siempre la única, esperándolo.  Era otoño, con los primeros fríos, las primeras hojas caídas, con ese sonido tan típico del crujir bajo sus pies.  Se subió el cuello de la campera vieja; dos talles más pequeños que su torso actual, rumbo al nuevo día.

    Tomó el camino habitual,  pasó por el Asilo Juan José Viamonte, cruzó Libertador hacia el Museo de Bellas Artes, sus esquinas, sus semáforos, sus turnos: mañana, tarde y noche. 

 Con el frío de la mañana los caños de escape de los autos humedecían aún más la acera. 

    Esperaba que los coches detuvieran su marcha por la luz roja del semáforo  y comenzaba con su rutina de malabares para entretener a los automovilistas, para pasar luego su vieja gorra que como una boca hambrienta esperaba la  magra recompensa.

    Así,  mañana, tarde, noche, día tras día, estación tras estación.

     Ese día cada pared del barrio estaba cubierta de carteles anunciando la inauguración del nuevo parque de la ciudad con treinta y cinco juegos y veinte atracciones; unos inmigrantes italianos , habían creado el ITALPARK , en lo que era el antiguo parque Estados Unidos del Brasil, en la intersección de Av. De Libertador y Callao.

 Juani, que así se llamaba, no sabía leer, porque nunca había conocido una escuela, los miraba sin entender lo que decían, pero llamaban su curiosidad los dibujos de coches que andaban en una pista, de sillas voladoras, de tazas giratorias, aviones tripulados por niños como él.  No podía dejar de mirar,  se agrandaban sus ojos y también su curiosidad.

    Una señora que había salido del Paláis de Glace,  esperando el cambio de luz para cruzar y  luchando con el frizz de su cabello por la humedad reinante, al sentirse observada por Juani, para disimular, le dijo:

-Hoy se inaugura el parque, no te lo pierdas!

Inmediatamente sacó un billete de su cartera y lo puso en el bolsillo de la raída campera del niño.

    El viento fresco y húmedo del atardecer le acariciaba la cara.

    Esa tarde su único pensamiento era terminar temprano para darse una vuelta por el tan promocionado parque.  El billete estaba donde lo había puesto la señora del cabello rizado, allí lo tenía atesorado, era intocable.

    Aún no había anochecido pero la ansiedad pudo con él, dejó más temprano que nunca su puesto nocturno y sus pasos lo llevaron hasta el centro.  No fue difícil encontrarlo, estaba tan iluminado que hasta un ciego llegaría por el calor que irradiaban las cientos de luces que perimetraban toda la manzana.

    Los ojitos tristes que no conocían el asombro, se volvieron grandes, redondos y brillosos, a medida que se acercaba su corazón palpitaba de tal forma, como si antes no hubiera latido. 

    Con el billete guardado pagó su entrada, comenzando la gran visión.  La rueda gigante que giraba, llevaba gente que reía y gritaba, una calesita con caballos que galopaban haciendo subir y bajar a los pequeños jinetes, que mostraban el inestable equilibrio a sus padres, que los alentaban en cada pasada,  carruajes como de verdad, con puertitas que abrían y cerraban, cisnes que llevaban niños por lagos imaginarios y el señor del sombrero que en cada vuelta les acercaba algo, que el que se lo quitaba tenía como premio otra vuelta más.

    Juani se sorprendía constantemente con una nueva atracción, se estaba descubriendo niño. Ya había anochecido precozmente, la temperatura descendía, la piel de Juani se había enrojecido un poco de emoción, un poco de frío.

Mientras estaba frente a los espejos deformantes, se reía de su propia imagen, notó

que un anciano lo miraba y también reía en total sintonía de complicidad con él, se le acercó, lo tomó del hombro, sintió el calor desconocido de su mano, lo llevó frente un carrito que hacía nieve dulce, le compró una, lo comió primero con desconfianza, luego con avidez, lo terminó con placer.  Siguieron recorriendo el parque sin hablar.  Frente a los elefantes voladores el señor desapareció de su vista, y él lamentó su ausencia. 

 Cuando ya se estaba por ir, lo vio, que casi corriendo y agitado iba a su encuentro con una libreta en sus manos, era la “cuponera de pase libre” para todos los juegos,  todas las veces que quisiera, se la entregó con inmensa alegría y emoción.  Juani no podía creerlo, era igual que los  otros niños, ese era su primer día feliz, ojalá no fuera el único ni el último 

Para él fue una Nochebuena en otoño, con  Papá Noel incluido. 

 Ese anciano, que  por un día,  le devolvió la alegría, la niñez y la esperanza, seguro ya consiguió un lugar en el cielo, hizo feliz a un niño.

Deja un comentario