C.P.C. Presenta: Sueño

Por: Moisés Cárdenas

Dentro de las ruinas de una vieja ciudad, estaban esparcidas ramas y hojas secas de árboles moribundos. Detrás de la naturaleza muerta, noté la presencia de unas extrañas personas. Cuando las vi, me acerqué, curioso, para distinguirlas, pero cuando ya estaba a punto de llegar, sentí un denso escalofrío por mi piel que me hizo retroceder. 

Caminé hacia otra dirección mirando todo lo que estaba a mi alrededor. Mientras observaba todas las cosas, me topé con un tobogán de vidrio que estaba suspendido desde un risco. Me llamó mucho la atención, así que llegué al sitio. Cuando alcancé la cima, me paré en la punta del tobogán, y miré hacia abajo, pero en ese preciso instante fui empujado. Comencé a deslizarme de forma rápida, el aire golpeó bruscamente mi cara, entonces tuve que cerrar los ojos. Mantuve por un rato los párpados apretados, y cuando los abrí, me encontré sumergido en el agua. 

Observé una pequeña ciudad envuelta por una cúpula de vidrio. Miré edificios cubiertos de espejos, donde las calles eran puentes colgantes, rodeados por faroles plateados. Me acerqué un poco más para ver el lugar, y noté gente que estaban con trajes de color dorado. Contemplé varios niños correteando a unos peces brillantes. Pasé mi mano por el vidrio de la cúpula, tratando de ingresar, pero en ese instante fui lanzado hacia la superficie.

Entonces busqué de nuevo las ruinas de la vieja ciudad. Cuando pasé por el lugar, desde una puerta envejecida, salió gente lóbrega, harapienta y deforme. Algunas personas llevaban puestos desgastados uniformes militares, otros se encontraban semidesnudos, y otros tenían trapos envueltos en sus cuerpos. Di unos pasos hacia atrás, me volteé sigilosamente, pero fui sorprendido por un adolecente que me apuntó con una pistola. El muchacho clavó sus ojos sobre los míos, pensé lo peor y cerré mis ojos. La voz de un joven me calmó cuando le dijo al chico malhechor que bajara el arma. Abrí mis párpados y vi que el sujeto que tenía la pistola se alejó como zombi. Cuando se fue, el tipo que me auxilió me comentó sobre la antigua ciudad. Este sitio era la ciudad de Caras.

Él me relató que la urbe había sido destruida por un terremoto devastador, y luego fue cubierta por el mar. Pero con el pasar del tiempo, las aguas se retiraron. Esto trajo como resultado dos sitios. Uno sumergido en el agua y otro sobre la superficie. Los pocos sobrevivientes de la catástrofe vagaron de un lado a otro de forma miserable, hasta que seres extraterrestres le construyeron una nueva ciudad debajo de las aguas. 

El joven me explicó que la gente que deambulaba en la ciudad, había nacido en las aguas con rastros de codicia, maldad y corrupción de sus antepasados. Debido a eso fueron echados hacia la superficie como una forma de no contaminar el sitio. Las personas expulsadas, en ocasiones salían para realizar algún daño. Por eso, los jóvenes de la nueva ciudad marina tenían la tarea de detenerlos mediante el habla, que era la única forma de apaciguarlos. 

Después de relatarme todo aquello, el muchacho me entregó dos ramas de un arbusto, una estaba seca y la otra se encontraba verde. Él me invitó de nuevo al tobogán, en ese momento sentí una brisa pasar por mi espalda. Cuando llegamos hacia la rampa, el joven se sentó para deslizarse, me miró en silencio, colocó sus manos sobre su pecho, respiró profundo, y antes de partir mencionó: 

—Me retiro, porque hay un hedor. 

—¿Qué hedor? —pregunté  de manera extrañada.

—Un hedor… un hedor a humanidad.

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