C.C.C. Presenta: Soportal

Por: Clara María Pizzorno

SOPORTAL:  Este nombre, formado con la preposición so (bajo’) y portal, designa el espacio cubierto en las fachadas de algunos edificios, destinado a proveer refugio durante días de mal tiempo. En un diccionario de voces románticas podría definirse como ‘lugar ideal para besarse en tardes de lluvia’.

Buenos Aires, Argentina. 1944 

La campanita de la puerta sonó, advirtiendo su entrada a un café modesto pero que siempre alegraba sus tardes con el gustoso sabor de unas medialunas caseras recién sacadas del horno y un café reconfortante. 

El lugar era ciertamente pintoresco, pero no salía de lo común. Sus pisos, con baldosas caramelo y negro, brillaban al compás de las mesas de madera de cerezo recién aseadas. A la izquierda, luego de entrar, se podía admirar el imponente mostrador de nogal con una gran variedad de tarros de mermelada fresca; cada una de un sabor distinto. Atrás tenía una alacena gigante con puertas de vidrio que exponía una colección de botellas, latas, recipientes y otras utilidades (aunque, ciertamente, incluía ciertos cachivaches) tanto extravagantes como comunes. La habitación estaba iluminada por unas lámparas de techo que proyectaban una tenue luz amarilla. 

Hoy no se sentó en la mesa de siempre, cosa que al principio a él lo alarmó, hasta que la vio ubicarse al lado de una ventana admirando la lluvia y comprendió el valor romántico que veía ella en ésta. 

Fue entonces cuando ella levantó la cabeza hacia la mesa en la que sabía que él iba a estar, y estaba ahí. Le sonrió, rio discretamente y volteó la cabeza al mesero para pedir lo que siempre pedía cada miércoles y lo que el chico en la mesa de enfrente ya recordaba de memoria: dos medialunas con jamón y queso, sin tanto jamón, pero sí mucho queso, y un cappuccino “perfectamente equilibrado”. 

Tras esto volvió la cabeza a su libro y retomó la lectura en la página marcada. Él siguió con su escritura mientras tomaba su amargo café negro de cada miércoles. 

Y así ocurría cada semana, cada miércoles.  Intercambiaban miradas, se sonreían, pero casi nunca alguna palabra. Cada uno en su mesa: ella al lado de la ventana; él en algún cubículo. Pero siempre cerca. Era una cita muda, que no existía y que nadie había planeado, pero que siempre ocurría y era real cada miércoles a la tarde. 

Y más allá de las mil historias que ella podría haber imaginado o que él podría haber escrito, tenían sus propios compromisos, su propia vida fuera del café. Y esto les dolía, y a veces, aunque no lo querían admitir, deseaban crear un mundo nuevo ahí dentro, donde puedan estar juntos, sin embargo, hay historias de amor que dadas las circunstancias y a la injusticia de la vida no se dan. 

A veces, pocos, pero algunos miércoles ella iba con su esposo y sus amigos. 

Le dolía el peso que sentía con la mirada de él sobre ella, sus ojos serios, expectantes.  No se atrevía a mirarlo ya que sería confirmar el deseo de ambos, deseo casi imposible. 

A veces él llevaba a su prometida, que cada vez que iba parecía criticar todo y disfrutar poco. Ella los observaba con una mirada triste y ojos atormentados, deseosa de que quizá, en alguna vida, pudiera ser real el amor de ambos. No debían, no podían. 

Un miércoles llovía. Llovía como nunca. Ella iba a paso apurado hacia la entrada del café hasta que lo encontró en el soportal del mismo, mirando la puerta que tenía pegado un cartelito que decía lo siguiente: 

Estimados clientes y amigos:

Lamentamos informarles que, pese a nuestras oposiciones, debemos cerrar el café Belladona por diversos problemas. Agradecemos de todo corazón los años vividos y la lealtad de nuestros clientes, todo llega tarde o temprano a su fin.  Gracias, gracias, gracias.

Se miraron. Tristemente se miraron. Y lo único que le salió decir a ella fue, con una sonrisa amarga:

-Podemos buscar otro café -albergando muy dentro de ella la esperanza de quizás, continuar su cita de cada miércoles. 

Él, sin dejar de mirar el cartel, con ojos tristes y semblante serio dijo: 

-Mañana me voy a España, mi boda será allí. Luego de la celebración me quedaré a vivir allí. 

La tormenta no cesaba. Se miraron. Se extrañaron. Sabían que no estaba bien, que era imposible. Desearon que todo fuera distinto, y con un largo beso y lágrimas en los ojos se despidieron en el soportal de aquél café. 

Y este fue el final de un amor que existió tan solo en la cabeza de dos jóvenes, en un beso, en un pequeño café, en dos medialunas con jamón y queso, sin tanto jamón, pero sí mucho queso, en un cappuccino “perfectamente equilibrado” y en un café negro más amargo que el destino de este amor no correspondido.


Este cuento quedó seleccionado en la Convocatoria Cuentos Cortos de Humanxs lanzada en julio del 2022. Lxs invitamos a estar atentxs a nuestras redes sociales así saben de la próxima.

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